/Historia +
Historia + 2019-02-21T10:44:23+00:00

           

INICIO     NATURALEZA     SENDEROS     ASTRONOMÍA     HISTORIA     CONSEJOS     EVENTOS     CONTACTO

En el barranco de Guguy vivían varias familias, durante todo el año y algunas sólo en el verano. Quienes se pasaban allí todos los meses, tenían que cultivar la tierra para comer y vender los productos, tanto en La Aldea como en Tasartico, a veces los sacaban con bestias, otras veces al hombro y también por el mar en barquillas. Tenían animales de granja, gallinas, cochinos, vacas y cabras, cada día se recogía un puño de millo, alfalfa, cebada y yerba para alimentarlos, algunos eran criados para comer y el resto para obtener leche, quesos y huevos.

No eran buenos tiempos pero quienes trabajaban duro, tenían para vivir, aunque se pasaban necesidades y, a veces, miserias en periodos de guerra (1936-1939) y los que vivieron en Guguy comentan que en los pueblos cercanos se pasó peor. Gregorito el de Zamora y Juanito el del Llano La Mar, eran dos hermanos que competían a ver quién tenía las vacas más grandes de la zona, así relata Domingo Sarmiento Peñate, de Tasartico, que llevaba el ganado de los Leones por épocas y que nunca había visto unos animales como esos tan grandes en estas costas, decía que les daban de comer poco a poco para no destrozar la comida y cuando estaban llenas, pues se guardaba el resto para el siguiente día. Domingo, dormía en la cueva blanca, debajo de donde Gregorito, llevaban higos, queso y gofio para el camino, el agua la cogían en los nacientes, así cada vez que iban con el ganado por la zona antes de regresar a Tasartico para ordeñarlo y hacer quesos.

Lo cultivado se llevaba en bestias y al hombro hasta los almacenes de los Velázquez, los Betancores, Pepe el Blanco, Miano el de los Valencia... que compraban la carga y pagaban al contado en pleno barranco de Tasartico, quienes llevaban al hombro sus productos, cobraban directamente y los dueños de las bestias se repartían ganancias a partes iguales entre trabajadores y ellos. Antiguamente no había tanta plaga de insectos en los frutales y se podían pasar al sol sin necesidad de venenos ni nada parecido, el barranco tenía agua todo el año y se respiraba vida desde la Media Luna hasta la misma orilla del mar. Estos dos lugares simbólicos por lo que allí aconteció tenían también un nexo en común, los habitantes de la Media Luna usaban grandes bucios (caracolas) para hacer sonidos con los que se comunicaban de un lado del barranco a otro, en ocasiones lo hacían como burla a quienes se iban a La Aldea y para asustar a caminantes si los sentían bajar por el barranco.

Los sábados y domingos había baile en la casa de Marrero, en el Llano la Mar, allí se juntaban con los tocadores, venían de Tasartico, del propio Guguy o de La Aldea. Manuel de la Cruz era un buen tocador, anota Domingo Sarmiento, el Laúd era su instrumento predilecto y esos días, después de la labranza, tocaba divertirse. Las muchachas bajaban de Zamora, Las Lajas, Los Juncos, la casa de la huerta, El Lomito y la Media Luna, acompañadas por sus madres o hermanos mayores, todo en medio de un ambiente distendido y familiar. El agua rezumaba por los nacientes y se escuchaba barranco abajo, había de casi todo plantado y eso facilitaba la convivencia entre quienes pasaban allí el verano, para coger y secar fruta, o tenían fijada su residencia todo el año. Kiko y Gabriela vivían en Guguy Chico y también se acercaban a ayudar de vez en cuando en las labores con el ganado y la tierra, ella elaboraba pulseras con cañizos y caracoles que luego vendía en La Aldea por las fiestas. Cualquier cosa o producto tenía su valor y de ello dependían muchas veces para cambiar por pescado u otros productos, el kilo de higos pasados se pagaba a 7 perras chicas y la jornada 7 pesetas, no era mucho pero ahorrando se podían permitir alguna prenda incluso comprar algunas tierras.

Bajaban la fruta a la orilla del mar y allí los barquillos la transportaban hasta la playa de Tasartico donde, con bestias, la subían hasta los almacenes, de Tenerife también llegaba gente para trabajar en Guguy por temporadas. Pepe Ruíz hacía cestos con palmitos, tan fuertes que se podía llevar piedras en ellos. El mismo material usaban para las esteras que ponían en el suelo donde dormían los chiquillos, pues los padres tenían sus camastros a menos que viniera visita o estuvieran los abuelos en la casa, se acurrucaban y tapaban con mantillas, sacos y sábanas, también para hacer ceretos donde guardar el millo y la cebada.

Si tocaba ir a misa a La Aldea, llevaban puestos unos zapatos viejos para el camino, una vez en el pueblo, se ponían los buenos y escondían en unas tajeas los gastados para la vuelta. Los trajes de Mahón eran elaborados con telas gruesas, donde venían antes los talegos con comida y otras cosas. Por la noche, tanto si iban como venían a Guguy, incluso en medio de la madrugada se escuchaban sonidos que atribuían a las almas de personas ya fallecidas, realmente lo que se oía era el canto de las perrillas de la mar, científicamente se conocen como “Paíño pechialbo” (Pelagodroma marina), que emitía un sonido parecido a una “perrilla”, son un poco más grandes que los mirlos comunes y anidan en riscos o barrancos, su actividad es más nocturna en el sentido de criar y de día salen a recolectar comida para sus crías.

El tiempo transcurría entre labores de labranza, cuidados de los animales y cuando terminaban la faena, unos iban a la playa y otros a descansar, también los había que se dedicaban a explorar por la montaña, de esa manera se toparon muchas veces con restos de los antiguos “Canarios”, cerámicas, huesos, estructuras, esteras de juncos… y allí lo dejaban sin decir a nadie su localización, pues el respeto de los muertos era sagrado. En la playa, coincidían con los barqueros, de Agaete o La Aldea, llegaban para pescar y a veces se quedaban a dormir y preparar las redes, también les echaban una mano quienes vivían allá, que, aprovechando que había pescado fresco, cambiaban por higos y tunos pasados, queso y algún tubérculo. Cuando se asaba el pescado en la orilla, los platos eran las mismas piedras del entorno, gofio y mojo picón acompañaban el enyesque. Y mientras todo esto ocurría, Domingo Sarmiento y su mujer iban camino al pueblo para vender tunos frescos, blancos y amarillos, teniendo cuidado de no tropezar entre tantas “fugas” (zonas del camino con caída al vacío o con mucha altura), lo hacían puerta por puerta y a 7 perras chicas el kilo. Un tal Augusto, comerciante que estuvo en Cuba, le compraba de vez en cuando toda la carga para luego venderla en su tiendilla, conocía la calidad del producto y la seriedad y trabajo de quienes lo transportaba.

A Mercedes y su hermano, los llevaba su padre en verano, sobre su burra, a coger también fruta y secarla para vender y comer, allá se pasaban los meses estivales entre vericuetos y trastadas, bailes y escondites, les encantaba meterse detrás de los cardones para vigilar quiénes venían por el camino, bien para asustarlos, bien porque los asustados eran ellos mismos, cosas de chiquillos como apunta Mercedes. En total, cuando iban todos los hermanos, eran 8 personas en la cueva, un cejo que su padre acondicionó con piedras, juncos, aneas y sacos de papas para el suelo y la puerta, de luz una palmatoria (vela grande). Los mayores dormían en los camastros y los más chicos en el suelo, arrejuntados y tapados con una sabanilla, así pasaban cada día entre ecos de agua del barranco, canto de aves y ramas de palmeras mecidas por el viento. Mercedes era muy independiente y se andaba el barranco de arriba abajo, con Fefa, su amiga de aventuras que vivía cerca de la playa, juntas hacían trastadas y se organizaban para cualquier cosa. En una ocasión, estuvieron guardando, en una cueva, higos pasados, tunos, queso y huevos que pretendían cambiar o vender en La Aldea para comprarse ropa de cara a las fiestas del pueblo, la mala suerte se cebó de ellas porque un amigo de la familia dio con tal “tesoro” y lo comentó en la cueva, tardó más en decírselo a la madre de Mercedes que en mandar ésta a por todo ese condumio, ya le parecía a ella que le estaban faltando huevos en los ponederos de las gallinas… ese día, la chiquilla de la casa se llevó una “jalá” en reprimenda por sus planes comerciales a espaldas de sus progenitores. La cosa iba en serio, tenía que durar la comida para no pasar penurias, que ya las habían sufrido años atrás. A todas estas, ellas no dejaban de divertirse y rellenar las horas del día y la noche, con los pies descalzos y remojados en el fondo del barranco, iban altaneras caminito a la casa del Llano la Mar, había baile y no se lo querían perder por nada del mundo, una de cal y otra de arena. A la mañana siguiente ya estaban prestas para ir a La Aldea a moler el millo tostado y volver con el gofio antes de la comida, entre 5 y 6 horas caminando y cargadas como burras, nunca se cayeron, y eso que iban por los atajos porque no siempre se llevaban a las bestias. En uno de esos viajes se encontraron una cabra tendida en la sombra y se acercaron con cuidado, era tanta la sed que tenían y las penurias que pasaban, que acertaron a cogerla por la pata, una por un ubre y la otra por el otro….la dejaron media escurría a la pobre machorra. 

Había poco pero se aprovechaba todo al máximo. Los cochinos que se mataban, se asaban y colocaban en tambores de madera, bien salados para que aguantaran meses y así tener para aderezar los potajes, ñames, rama, papas, yerbahuerto, batata o boniato, todo lo que la tierra ofrecía. Cuando alguien moría, o “doblaba las quejás”, se le quitaban las cencerras a los animales porque decían que eso era música y estaba aún el recuerdo del difunto reciente, el no llevarlas puestas ocasionaba que se comieran todo lo que pillaban sin control hasta que las apañaban de nuevo. Era tal la situación de pobreza que a veces se descalzaba al finado para guardar los zapatos y que sus hijos los usaran en el futuro, la sabanilla que los envolvían también.

La botica y remedios naturales se daban la mano en aquel barranco, yerba mora, caña limón, hojas de pimentero con aceite, ajos y apio molidos con sal…etc ayudaban con los dolores de barriga y a curar las heridas. Si la cosa se ponía fea, pues caminito a La Aldea, allí Don Juan Marrero el médico, se encargaba del resto.